Copacabana, parte boliviana del Lago Titicaca

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Justo después de cruzar la frontera con Perú, el primer pueblo en Bolivia es Copacabana. Presenciábamos al llegar, una acogedora y pequeña ciudad, adaptada por completo al turismo y con cierto encanto. A orillas del Lago Titicaca y justo al pie del cerro Calvario, descansa tranquila la ciudad, a menudo confundida con la famosa Copacabana de Brasil, pero muy frecuentada tanto por turistas nacionales como extranjeros.

Nombrada así por los españoles que la conquistaron, Copacabana proviene de la diosa “Copakawana”, de la época pre-hispánica que representaba y favorecía la unión y la fecundidad. Como en la mayoría de ciudades sur americanas conquistadas por los españoles, se construyó un templo cristiano en el mismo emplazamiento donde antes se levantaba el templo pre-colombino. Según las crónicas encontradas por los españoles, la sociedad estaba formada por “Umantuus”, hombres y mujeres mitad peces. Estos se encuentran representados a lo largo de varios templos católicos de todo el altiplano del Lago Titicaca.

Copacabana, a 3.841 m.s.n.m., pertenece a la provincia de Manco Kapac, ubicada en el departamento de La Paz y se divide en dos partes bien diferenciadas en cuanto al turismo. En el centro, a unos 500 metros de la playa del lago, encontramos la parte alta de la ciudad. La plaza 2 de Febrero ajena dos de las calles principales que descienden hasta desembocar en la playa. La parte alta es también la zona donde se concentra el comercio y la oferta de alojamiento más económica. En la parte baja, cercana a la playa se concentran la mayoría de hostales y restaurantes destinados exclusivamente al turismo.

Alojamiento en Copacabana

 

En uno de los dos calles principales del centro, especialmente en la Av. 6 de Agosto, hay una gran cantidad de alojamientos relativamente baratos (Aunque Copacabana es un destino turístico y por ello la mayoría de precios son algo más elevados que en el resto de pueblos y ciudades bolivianas). En uno de los hostales más céntricos nos alojábamos por 30 BOB por persona. Los precios de la mayoría son a partir de 30 BOB, excepto los que se encuentran más cerca de la playa que suelen rondar los 60 BOB.

La vida local, el mercado y la gente en Copacabana

 

Copacabana tiene un pequeño antiguo núcleo donde se concentra prácticamente toda la actividad económica en torno a unas 6 calles conectadas entre sí. El día a día en el centro es puramente comercial. Por la mañana, el pequeño mercado, curioso por su estructura circular, abre las puertas para ofrecer principalmente la fruta y verdura más fresca. Pero las dimensiones del mercado no limitan el volumen de actividad de la ciudad; las calles que lo rodean se llenan de tiendas y puestos de comida. El pequeño mercado se prolonga de forma continua y sin demasiada distinción. En cierto modo, no es claramente distinguible donde comienza realmente. Las paradas de la calle penetran muy bien hasta la puerta del mismo y crean una amplia zona con una gran oferta de todo tipo de alimento y accesorio.

En Copacabana encontramos una de las delicias que nos aprobaba más en nuestra casa. El pan, crujía de forma espectacular y nos recordaba nuestro fantástico pan. Durante nuestros días en la ciudad, uno de los alimentos más baratos fue uno de los mejores placeres; hasta entonces no habíamos probado un pan con una textura crujiente y sabrosa. Sin embargo, no siempre salíamos bien parados. Muchas de las paradas venían los panecillos secos y del día anterior.
Teníamos que seleccionar cuidadosamente cada uno de los panes para asegurarnos de que eran frescos ya que las mismas vendedoras no solían permitir que los tocáramos. Con tono desagradable, evitaban cualquier venta que requiere de demasiadas preguntas y preferían no ganar nada antes de tener que asesorar al viajero curioso.

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Las calles principales del centro de Copacabana se llenaban cada noche de puestos de comida que ofrecían desde carne de vaca o cerdo de diversas formas, hasta pescado del lago frito o rebozado. En general, el precio de la comida era relativamente más barato en la calle que en los establecimientos de comida rápida. Concretamente, el Salchipancho (plato formado por carne rebozada, huevo frito, patatas y arroz) era uno de los más completos y baratos menús que se ofrecían en la ciudad por unos 10 BOB. La diferencia era notable en los restaurantes más turísticos que ofrecían todo tipo de alimento, desde pizzas hasta cualquier plato internacional, cobrando al turista 10 veces más que en un establecimiento local.

Desde nuestro primer día en Bolivia, sentimos como la energía que su gente nos transmitía era diferente. En cualquier interacción con locales, nuestra percepción absorbía sensaciones frías y desinteresadas. Poco a poco, nos fuimos haciendo a la idea de que la amabilidad peruana no era frecuente en Bolivia. Tras alguna sorprendente respuesta por parte sobre todo de comerciantes, desmotivó nuestra ilusión por conocer y compartir su manera de ser. La situación llegaba hasta el punto en que una vendedora de fruta nos negaba la compra de manzanas para la que ya le habíamos preguntado dos veces a qué precio salían unas y otras. Al final intentábamos adaptarnos al carácter de la mayoría de bolivianos y enfocábamos sus respuestas desde otra perspectiva.

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Un paseo por la playa del Lago Titicaca

En la parte baja de la ciudad, se encuentra la playa larga que viste Copacabana de turistas y de vida. Con un amplio paseo a lo largo de la costa, la gente se concentra en la parte derecha de la playa mientras ésta se alarga por la izquierda y desaparece la multitud para dar paso a la calma del lago. La zona del pequeño puerto es donde se concentra el mayor movimiento; vendedores ambulantes, puestos de comida y bebidas e incluso alquiler de patinetes y motos para recorrer la zona atrae a la mayoría de turistas.

Después de un paso rápido por la zona más concurrida, nos alejábamos del centro y caminábamos rumbo lo que parecía ser un mundo aparte de tranquilidad y aire puro. A medida que avanzábamos por el camino de arena que recorrer el paralelo de la playa, se alejaba el ruido y nos impregnaba una suave brisa del lago que nos invitaba a detenernos de vez en cuando para disfrutar en silencio de la paz que las aguas del lago nos transmitían. Inmersos en el ritmo lento de las zonas tranquilas del lago, disfrutábamos de la caída del sol y nos sorprendíamos de encontrar una serenidad plena fuera del bullicioso centro.

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De vuelta, nos deteníamos en el puerto para saber los horarios en que las barcas salían a la Isla del Sol. Así, decidíamos que al día siguiente, nos dirigiríamos a la isla con la intención de pasar un par de días. En el próximo post os explicaremos nuestra estancia en la Isla del Sol, famosa por sus paisajes infinitos y sus tranquilas poblaciones, y todo lo necesario para llegar y alojarse.

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